Afecta al 2% de la población mundial
Discuten sobre nuevos métodos para superar la tartamudez
El Primer Congreso Latinoamericano contó con especialistas de todo el continente

- Influyen aspectos hereditarios y emocionales
- En el habla están involucrados 136 músculos, con ritmos de reacción específicos
- Es fundamental la consulta precoz

Pocas condiciones resultan tan estigmatizantes como tartamudear. Objeto de chistes de mal gusto, el tartamudo ve pasar sus días debatiéndose entre hablar o no hablar y pensando con obsesión si podrá decir o no determinada palabra.

Esta condición involucra aspectos hereditarios, neurológicos, de ejecución y también de la planificación del discurso, y la fragilidad emocional de aquellos con dificultades en la fluidez al hablar parece ser un aspecto crucial.

Organizado por la Asociación Argentina de Tartamudez (AAT) y por la Carrera de Licenciatura en Fonoaudiología de la Universidad de Buenos Aires, acaba de finalizar en Buenos Aires el 1° Congreso Latinoamericano de Tartamudez y Encuentro de Personas que Tartamudean, que contó con la presencia de especialistas de todo el continente. El encuentro fue presidido por la licenciada Beatriz de Touzet -presidenta de la AAT-, que aclara: "Nosotros hablamos de personas que tartamudean y no de tartamudos porque esto implicaría que toda la personalidad está tomada por la dificultad."

La dimensión simbólica

Las fonoaudiólogas de Brasil Silvia Friedman, de la Pontificia Universidad Católica de San Pablo, y Nadia Azevedo, de la Universidad Católica de Recife, explican que entre los dos y tres años los niños ya están instalados en el lenguaje y, al hablar, intentan imitar a los adultos. "Una lingüista brasileña, Claudia de Lemos -afirman-, señala que los niños de esa edad ya son capaces de pensar sobre su discurso, hacen autocorrecciones y cuando hablan dicen mamá, yo, yo, yo, yo... hice . Pero eso es normal. Les pasa a los chicos, y también a los adultos."

Las especialistas brasileñas consideran que la interpretación que los otros hacen sobre el discurso disfluyente -entrecortado, con saltitos- tiene efectos muy negativos sobre la subjetividad. Mamá, qui qui qui qui quiero un helado , dice un chico -afirman las fonoaudiólogas-. Pero si la mamá, en lugar de contestarle sí o no, le dice que se calme y hable despacio, el niño toma conciencia de que debe preocuparse más por la forma en que habla que por el sentido de lo que dice. Eso no lo deja fluir."

Touzet agrega que existe un componente hereditario en el problema y que es imprescindible hacer una consulta temprana cuando aparecen síntomas. "Hay maneras de hablar que muestran claramente un compromiso neurológico. También se debe observar si el niño tiene problemas para moverse o morder, pero lo importante es no estigmatizarlo", afirman Friedman y Azevedo.

Touzet señala que para determinar las características y grado de compromiso de la dificultad se estudia el habla en interacción. "Se hace una muestra de comunicación bidireccional donde vemos qué hacen los papás antes y después de los saltitos del niño", dice la fonoaudióloga.

Tartamudos y disfluyentes

"Una cosa es ser disfluyente y otra es tartamudear -explica Friedman-. Hay una tendencia neuromotora que hace que algunos sean más disfluyentes que otros. Algunos toleran mucho menos el stress y se vuelven muy disfluyentes en esas situaciones porque anteponen el cómo al qué van a decir. Eso es distinto de ser tartamudo, una persona que realmente sufre cuando va a hablar. Esa persona, puesta en una situación relajada, tartamudea menos. Por eso el problema oscila: Nadia Azevedo escribió que la tartamudez no está ni en la persona ni en el otro sino en la situación discursiva. Es como alguien que tiene miedo al agua y por eso, y no por defectos físicos o problemas neurológicos, no puede nadar."

Sin embargo, los especialistas no están totalmente de acuerdo en que los espasmos -que en casos severos pueden prolongarse hasta 10 o 15 segundos, con gran compromiso corporal- se asocien únicamente a momentos de tensión. "Hay personas -dice Touzet- que tartamudean más en momentos de gran tranquilidad: bajan la guardia y la disfluencia se impone."

Una de las claves de los tratamientos consiste en trabajar cómo construye el discurso el disfluyente, para lograr continuidad y eliminar la presión que siente al hablar. "Es necesaria una construcción más sencilla del discurso -dice Touzet-. En la coordinación del habla intervienen 136 músculos que tienen tiempos de reacción específicos, y hay que trabajar la tensión, la articulación y el modulado, que favorecen la fluidez."

Entre los adultos, la planificación del habla es un elemento central de la recuperación, porque eso permite la fluidez y un discurso cómodo, que a su vez realimenta la libertad de la persona frente a la palabra. Con los chicos, en cambio, se trabaja con metodologías cognitivas que permiten una recuperación muy rápida.

"El chico proyecta su disfluencia, por ejemplo, en animales -dice la licenciada Touzet-. A través del juego, conceptualiza lo que le sucede y va otorgando categorías positivas o negativas a distintos animales. Es él quien lleva la fluidez a la casa y le dice al padre: No me hables como el caballo (que habla rápido y quiere decir muchas cosas al mismo tiempo) porque así no puedo contestarte . Así el chico pasa de ser el que hablaba mal al que es capaz de corregir a los padres. El sabe que es mejor hablar como la tortuga, que es se toma el tiempo para decir las cosas y habla con tranquilidad... Muchos padres nos dicen que, gracias a la disfluencia, se comunican mejor en la casa: se dan tiempo, se miran a la cara cuando conversan, no se interrumpen y, sobre todo, cada uno escucha lo que el otro dice."

Por Gabriela Navarra
De la Redacción de LA NACION
fecha de publicación 20.05.2002