Patricio Riveros, iquiqueño, escritor y tartamudo

Patricio Riveros es iquiqueño de tomo y lomo, periodista, escritor y tartamudo. Escribe en los diarios "El Mango" y "El Nortino"; dos de sus volúmenes de cuentos recibieron el Premio Consejo Nacional del Libro y la Lectura ("Tarzán chileno perdido en Amsterdam" y "Cuando las habaneras no tenían calzones"), y su tartamudez se la toma con tanto humor que desde el año pasado conduce en vivo y en directo un programa radial que se llama, precisamente, Tartamudeando de libros.

 














En febrero de 1996 Patricio Riveros (38, casado) volvió a vivir al barrio El Morro de Iquique, después de un largo periplo de más de una década por Holanda y Cuba, y ahora acaba de terminar una novela basada en la notable historia del cura Domingo Soto, párroco de su barrio que estuvo casado durante treinta años y tuvo tres hijos carnales y tres adoptados antes de que en 1979 el nuevo obispo de la ciudad lo sacara de la parroquia con ayuda de la policía. Miles de feligreses y vecinos jamás vieron con malos ojos la vida marital del sacerdote: Siempre fue bien hombrecito para sus cosas, alega Riveros en defensa de su héroe literario.

Mirtica Samón nos abre la puerta del departamento de El Morro donde vive junto a Riveros, a sólo un par de cuadras del mar. Mirtica es cubana, tiene 34 años, estudió enfermería en su país y desde hace cuatro meses es la flamante esposa de nuestro entrevistado. Mirtica está recién adaptándose a la vida en Iquique, por eso todavía extraña a la isla y a su familia cubana. Riveros la mira con devoción. No quiere más guerra: Tengo miedo. Quiero mucho a la Mirtica y me gusta demasiado. Tengo miedo de obsesionarme con ella, de no poder vivir en paz de tanto que me gusta.

Puesto a recordar, Patricio Riveros dice que la primera vez que salió de Iquique fue a los quince años. A Quillota. Nunca había visto tanto árbol junto. Volvió fascinado al norte y justo murió su padre. Obligado a tomar las riendas de la casa, trabajó durante cinco años para mantener a los hermanos más chicos. Limpió autos, pirateó cassettes de Silvio Rodríguez, fue estibador en el puerto y matutero: compraba mercaderías en la Zofri y se iba a Peñablanca y Villa Alemana a venderlas a mejor precio. Hasta que un tío exiliado le dijo a comienzos de los ochenta que se fuera a Holanda, que él lo esperaba allá. Fue mi primer viaje fuera de Chile. Yo no había ido ni a Tacna. Así que imagínate. Amsterdam me impresionó de entrada. Su arquitectura, sus calles de adoquín, sus puentes. Yo viví en total ocho años en Amsterdam. Cinco años primero, después me fui otros cinco años a estudiar periodismo a Cuba, y al final tres años más en Amsterdam, y nunca dejé de estar enamorado de Amsterdam. La recorrí entera en bicicleta.

¿Cómo te ganabas la vida allá?
Al principio hacía unas bicicletas de alambre chicas, bicicletas de artesanía. Yo no tenía subsidio ni ningún beneficio, hasta que un día me agarran preso por no llevar pasaporte y se dan cuenta que estoy ilegal, sin visa. Estuve tres semanas preso, a punto de ser deportado, pero una columna que yo había mandado a "La Estrella" me salvó la vida. Alguien la envió por correo a Holanda acompañada de la carta de un notario que decía que yo era comunista y que cómo podía publicar esas opiniones. Mi tío la mostró allá, los holandeses entendieron que yo no quería volver a Chile y con ese nuevo currículum me dieron refugio humanitario. Tuve mucha suerte.

¿Recibiste ayuda a partir de entonces?
Claro, recibía mi mensualidad, y además me reencontré con una gringa que había conocido antes de caer preso, así que nos fuimos a vivir juntos y me pasé tres años leyendo y escribiendo.

Envidiable: con gringa y haciendo lo que más te gustaba.
Sí, lo único complicado era el idioma. Es muy difícil el holandés. A mí esta gringa me ayudó mucho, pero igual sufría. Los latinos llegábamos a llorar de impotencia. Allá tienen una estructura gramatical imposible. Ellos dicen, por ejemplo, yo he una simpática chica visto. En vez de decir envuelve este paquete, te dicen vuelve el paquete en. Hubo un momento en que me sentí estúpido. Me dije a mí mismo: Yo soy huevón, no hay otra explicación, estudio y estudio y no pasa nada. Al final, tanto va el cántaro al agua que por fin se rompe. Pero fue muy duro.

¿Lo peor de Holanda fue el idioma, o viviste otros problemas?
Lejos lo peor fue el idioma. Ellos en general no son nada racistas. Holanda nunca fue imperio, siempre fue un pueblo de navegantes y comerciantes, gente que estuvo obligada a aprender otras lenguas para sobrevivir, por eso ellos son muy distintos en ese sentido a otros países de Europa. Es un país poco nacionalista y abierto de mente. Yo iba a veces con mis pololas a dormir a las casas de sus papás, y te trataban como a un príncipe. Nos tenían un cuarto limpio y ordenado, y más encima nos llevaban desayuno a la cama.

¿Extrañas mucho esa vida?
Disfruté las virtudes de la vida en Holanda, pero también viví de cerca sus problemas. El sentimiento de soledad de mucha de su gente, la desintegración de la familia. Allá, si tú cumples 16 años y tienes problemas con tus papás el Estado te subsidia para que te vayas a vivir independiente. Por eso los padres viven solos, los hijos viven solos y los abuelos viven solos o en un asilo. Yo tenía un vecino en Amsterdam que lloraba a cada rato en su departamento. Me hice amigo de él, y me confesaba lo solo que se sentía: iba a un bar y se sentía solo, iba al trabajo y se sentía solo, llegaba a su casa y se sentía solo.

Pucha.
¿Sabes cómo lo conocí? Un día llegó a presentarse a mi pieza. Arrendábamos pieza en una casona antigua. Toc-toc. Abro la puerta y me encuentro con un tipo con la cara totalmente transformada. No lo había visto nunca. Me saluda en holandés, y me dice algo así como yyyyyyyo sssssoy Fffffffrank, tututu nuevo vvvvvecino. Era feroz de tartamudo. Me puso tan nervioso que le contesté: Y-y-y-y-y yo ssssoy Pa-pa-patricio.

Se debe haber indignado...
Se fue furioso, y pegó un portazo. Yo partí detrás y al final lo convencí de que los dos éramos tartamudos. Lo primero que me dijo fue que me iba a enseñar técnicas para hablar mejor.

No llegaste muy lejos con ese profesor, parece.
Hubo un tiempo en que lo evitaba, porque cada vez que nos tomábamos un café salía más tartamudo. Otro de los problemas que tuve con Frank fue la posición de mi cama. El descubrió al rato que nuestras camas estaban pegadas y sólo separadas por un muro no muy grueso, hasta que un día se atrevió a decirme: Patricio, ¿podrías correr tu cama, porque yo escucho cuando tú haces el amor?. Me mató. Así que corrí la cama y al principio anduve súper preocupado de no hacer mucho ruido. Imagínate al pobre Frank: llorando de soledad y con un vecino dándole.

En Cuba el llanto no va por el lado de la soledad. ¿Cómo fue ese contraste con Holanda?
Cuba es un país increíble. Allá el llanto va por otro lado. Allá una vieja puede llorar porque va a la esquina a comprar una ampolleta, y pasa frente a un hospital donde se hacen todo tipo de trasplantes, de riñón, de corazón, de hígado, de médula, y llega a la esquina y se encuentra con que no hay ampolletas. Allá la escasez agobia, la miseria material afecta mucho a la gente. En Cuba sobra calor humano, sobra calidez, sobra sentido de familia. Lo que es muy difícil responder es quién es más feliz: si el holandés de la abundancia material o el cubano de la abundancia afectiva.

¿Cuál es tu respuesta?
No se puede caer en los extremos. No se puede centralizar todo ni privatizar todo. A mí siempre me ha obsesionado saber cómo se puede arreglar el mundo.

Sencillita tu preocupación.
Lo digo en serio. No me gusta el poder, el poder acaba con las mejores costumbres burguesas y con todos los principios revolucionarios. Los políticos hablan cosas maravillosas y después se olvidan de todas sus palabras y sólo se preocupan de mantenerse en el poder. Esto es inherente al ser humano. Pero una cosa es que no me guste el poder y otra que me sustraiga de lo que pasa. No me siento ajeno por lo mismo a la política. Me obsesiona de verdad saber cuál es el mejor modelo. Por eso fui a Cuba. A ver con mis propios ojos lo que ahí estaba pasando, además de ir a estudiar periodismo.

¿Vivías en casas de cubanos?
Sí, vivía en la Habana con amigos de la universidad. La facultad quedaba en El Vedado, un barrio muy entretenido, con una arquitectura española bien bonita. Y cuando podía me arrancaba a otras casas de amigos en provincia.

¿Cómo era tu vida cotidiana?
De partida en periodismo no se estudia mucho. Mucha bohemia, mucho cine, nunca me vi apremiado por los estudios. Leía bastante, escribía en la prensa cubana y hasta me gané un premio con mis artículos periodísticos, un premio que se llama Fuera de Serie y que me significó un fin de semana en un buen hotel de Varadero.

¿Mucho ron en Cuba?
No soy muy etílico, pero confieso que había un ron cubano, el ron Bocoy, un ron seco, que lo tomé bastante en los primeros años, cuando la economía cubana todavía funcionaba y la botella costaba diez pesos.

¿Las mujeres fueron un tema complicado?
Al principio sí. En mis dos primeros años tuve algunos problemas, desordené mi vida como estudiante, porque allá las mujeres son muy simpáticas y son más desinhibidas, no tienen prejuicios de nada. Se meten todos con todos, y no se hace ninguna diferencia.

Pero allá igual hay una casta que tiene más privilegios.
Sí, es cierto, pero si acá las diferencias son de uno a mil, allá son de uno a diez. Por supuesto que la gente del comité central del partido vive bastante bien, eso es verdad.

Entonces, después del primer atracón de Cuba te ordenaste.
Sí, me ordené bastante. Y a pesar de las dificultades económicas después de la caída del bloque socialista, igual hubo momentos en que se vivía una cultura muy bonita. Una vez con una amiga fuimos a comprar pan. En el camino nos cruzamos con una orquesta de salsa. ¿Bailamos? Bailemos. Ahí mismo nos pusimos a bailar. Al rato seguimos, compramos pan, y a la vuelta nos pegamos otra bailadita antes de llegar a la casa a comernos el pancito. ¿Qué tal?

Suena bien.
Suena bien, ¿cierto? Acá en Iquique podría ser igual, ahora con la Mirtica, pero no es lo mismo.

¿Estás arrepentido de haber vuelto?
No, para nada. Yo después de Cuba estuve tres años más en Holanda, hasta que decidí volver a Chile. Yo debo haber sido el único inmigrante gil que fue a devolver el pasaporte antes de venirse a Chile. No quería dejar la puerta abierta para volver allá si aquí las cosas no se daban. Quería obligarme a que me fuera bien.

¿Y funcionó la estrategia?
Sí, funcionó. Volví el 14 de febrero de 1996, y el comienzo fue difícil. Pero yo no había perdido contacto con Iquique, seguía mandando columnas para "La Estrella", así que tuve trabajo rápido. Venía con un buen cargamento de experiencias. No me traje ni dinero ni cosas materiales. Lo que me traje fue varios libros ya escritos, y la vivencia de haber hecho amigos de todas las razas y todas las culturas. Tuve amigos marroquíes, holandeses, iraníes, españoles, tuve un amigo kurdo, tuve amigos cubanos, y así conocí más profundamente al ser humano, y así descubrí que ése es mi tema, que de esto vivo, que por eso lo mío es fundamentalmente escribir.

¿Estás cómodo en Iquique?
Me gusta mi ciudad. Me gusta el mar. No me gusta que haya aumentado tanto la drogadicción y el alcoholismo. Me gustan los cerros de Iquique. Me gusta cómo cambian de color durante el día. Me gusta subir el cerro Esmeralda y escuchar arriba los ruidos de la ciudad. El viento arrastra el ruido y lo hace subir por las faldas del cerro. Se escuchan también a veces las conversaciones de la gente. Yo me he imaginado un cuento en que uno sentado allá arriba puede incluso escuchar los pensamientos de las personas, los grandes secretos de la ciudad. No siempre me sentí bien, eso sí. Al principio, cuando recién volví, tuve problemas con la mentalidad. Venía de Holanda, un país donde el director de un banco se va en bicicleta al trabajo y el académico se va en bicicleta a la universidad. Yo me acostumbré a eso, y acá en Iquique seguí con la costumbre de la bicicleta, porque esta ciudad es muy propicia para andar en bicicleta, y me encontré con que mucha gente no lo entendía. Cómo viene este periodista a entrevistarme en bicicleta, ¿me entiendes? Me sentí discriminado. Había personas que me miraban extrañados, hacían comentarios, otros me echaban la talla en el trabajo. Así que dejé de ser héroe y me compré un jeep. Destartalado, pero jeep.

Ahora llegas en jeep a la radio los domingos.
Llego en jeep a tartamudear de libros. Y me he entusiasmado tanto con el programa que hay días en que no tartamudeo nada, lo que no es bueno.

Así se pierde el sentido.
Claro, no tiene ninguna gracia especial hablar de corrido. Pero no es verdad, el tartamudeo no me abandona. A veces incluso tartamudeo mucho, lo que tampoco es la idea, porque eso incomoda al radioescucha. Hay que tartamudear, pero no tanto. Hay que tartamudear lo justo y necesario.

Francisco Mouat
El Mercurio
Domingo 4 de Febrero de 2001